Gesto, ¿por qué paz?
por
Aurelio Arteta
Artículo de opinión publicado en el periódico español
EL CORREO (edición 07 julio 2002)
Hay muchas formas de colaborar con la perpetuación de nuestra tragedia colectiva. No hace falta ser
especialmente malvado, ni tampoco un dechado de
indiferencia o un ejemplo notorio de cobardía. Nada de
eso. Puede caerse en involuntaria complicidad incluso
desde la convicción de estar más comprometido que la
inmensa mayoría en enfrentarse a esa tragedia y en
procurar ponerle fin. Porque tal vez esa conciencia no
esté lo bastante pertrechada de categorías éticas y
políticas para distinguir lo valioso de lo que sólo lo
parece y desvelar las confusiones encerradas en
nuestros tópicos cotidianos Y es que así como hay
ideas que inducen a la agresión o a consentirla y
otras que ayudan a afrontar los riesgos, hay todavía
ideas que animan más bien a rendirse a la barbarie o a
no ofrecerle la debida resistencia. En lugar de
movilizar a la ciudadanía, en el fondo la paralizan.
A mi parecer, éste es el caso de la Coordinadora Gesto
por la Paz de Euskalherria. Cuesta decir esto de
personas impulsadas sin duda por excelentes propósitos
y cuya labor ha merecido el reconocimiento de muchos.
¿Pero me dejarán que les señale algunos fallos
doctrinales tan graves que contaminan todo su quehacer
práctico y ponen en entredicho el sentido de la meta
que persiguen? Pues ocurre que, al juzgar la vida como
el valor supremo para el hombre, y por rechazar sin
reservas toda violencia, tiene por igual de valiosas
las vidas humanas y condena por igual sus muertes
violentas. Por encantadoras que suenen, mucho me temo
que son tesis falsas. Gesto tiende a sustituir el
análisis y las propuestas políticas por vacuas
llamadas moralizadoras. Son reflexiones que
contribuyen a sostener (como el propio presidente de
la Coordinadora) que en el País Vasco caben todos los
proyectos, personas e ideas, aunque algunos proyectos
y ciertas ideas excluyan del espacio público a
muchísimas personas. Dan así lugar a un género de
pacifismo que, como busca sólo la paz, la quiere a
cualquier precio y aunque fuere una paz injusta.
Me fijaré en el reciente artículo de Ana Rosa Gómez
Moral, directora de Bake hitzak , boletín oficial de
Gesto, titulado Contra todas las muertes y publicado
en su número 45 (enero de 2002). Ya sólo su título
proclama la renuncia a la distinción teórica y, por
tanto, su voluntad de equiparar lo diverso, de
abstenerse de todo juicio político y, a fin de
cuentas, de no medir el grado de verdad o justicia de
lo que aquí nos jugamos. El recordar que Gesto convoca
a sus manifestaciones con ocasión de «cualquier
muerte», viene a sugerir sin quererlo que esas muertes
se reparten entre los bandos en lucha de forma
parecida. Estar contra todas las muertes violentas, y
no decir más, significa negarse a discernir entre lo
que a unos les hizo morir sin matar y a otros morir
matando. (Y no deja de ser aquí penoso que se tenga
por «baldía» la pérdida violenta de vidas humanas en
este país, como si sus asesinatos no hubieran dejado
inmensos beneficios a ETA y a cuantos nacionalistas se
aprovechan de sus crímenes).
El artículo se mueve entre graves incoherencias o,
expresado caritativamente, en medio de enormes
vacilaciones. Al principio sostendrá que «lo que
iguala Gesto por la Paz es el valor supremo de la
existencia», para decir más tarde que «lo que nos
iguala a todos los seres humanos es nuestra condición
de personas». No es lo mismo la mera existencia humana
que su condición personal, ni mucho menos, y las
conclusiones serán muy diferentes según se subraye lo
uno u lo otro. Pero aquí se subraya que esa existencia
humana no pasa de ser la biológica , la que posee el
hombre tan sólo como mero ser vivo, sin más
connotaciones de valor. Y la prueba más clara de ello
es que Gesto condena la pérdida de vidas humanas,
«independientemente de lo que los sujetos de esas
vidas estuvieran haciendo justo antes de morir o de
ser asesinados». Tremendo..
Si para valorar a las personas no debe interesarnos lo
que hagan o dejen de hacer en su vida, sino
simplemente que sobrevivan, tampoco de su muerte
violenta nos debe importar su cómo y por qué, sino tan
sólo que han muerto. Vida y muerte de los hombres,
rebajadas a desnudos hechos físicos, no serían
realidades asimismo afectivas, morales, sociales o
políticas (pero entonces, ¿acaso son humanas?). Todas
las vidas humanas serían igual de respetables; al
final, todos nos igualamos asimismo en nuestra
condición de cadáveres. Que alguien haya muerto
violentamente por una causa justa o injusta, en
defensa propia o de los derechos humanos o en
manifiesto atropello de los derechos ajenos, a
resultas de su propia bomba destinada a otros o a
tiros de la policía, que haya sido abatido por
casualidad o en el trance de ejecutar al prójimo Todo
eso resultan consideraciones sin importancia.
Y es que, en opinión reiterada de esta articulista, no
hemos de incurrir en esa «doble moral según la cual
hay muertos buenos y muertos malos, que se nos propone
desde la violencia ». Más disparates, y mayúsculos.
Porque ni tal juicio tiene nada que ver con la doble
moral, ni eso equivale a dar la razón a los violentos,
sino a quitársela precisamente al invertir por
completo sus valoraciones. Así que no sólo podemos,
sino que debemos discriminar entre esos muertos:
buenos serán los que hayan caído por una justa causa,
y malos, los contrarios; unos, los que se han servido
de medios razonables, los otros de recursos bestiales.
¿O quiere decirse que discriminar es malo, que no hay
manera de descubrir la justicia de las causas y la
bondad de los medios, que carecemos de criterios para
decidirlo, que todo esto es relativo porque lo único
absoluto es la muerte? (Anticipo que la representante
de Gesto, a mi juicio, dice algo peor: puesto que
«cualquier vida está por encima de su causa», no hay
causa o empresa humana que justifique el matar o el
morir por ella)..
La muerte, al cancelar nuestras posibilidades, fija ya
sin remedio lo que hemos sido, pero no es una goma de
borrar el pasado y con él nuestros méritos o
deméritos. Por eso tampoco prohíbe los juicios de
valor acerca del difunto -y de sus proyectos o
quehaceres políticos-, a menos que queramos infligir
otra injuria a los unos cuando los equiparamos en su
memoria a los otros. Los muertos por ETA y los muertos
de la propia ETA no merecen el mismo recuerdo público
(aparte del privado) porque merecen muy distinta
consideración moral y civil. Meterlos en el mismo
saco, al margen del bien público que hicieran o del
mal civil que pudieran cometer o padecer, sería una
iniquidad.
De manera que no hay problema alguno en conjugar, como
aquí se expone, la condena del terrorista «con el
dolor más puramente humano por la pérdida de su vida».
Sí, pero con tal de que este compasivo dolor por el
verdugo vaya precedido de una mayor compasión hacia
sus víctimas y acompañado del propósito de hacerles
justicia para resarcir sus daños. Como así no fuera,
aquella compasión no sería virtud, sino el fruto de
una sensibilidad pervertida. (¿Esperará el lector la
continuación para otro día?).