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Áreas de Observación

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SOCIEDAD ESPAÑOLA DE PSICOLOGÍA DE LA VIOLENCIA NNNnnnnnnnnnnnnn
Un Gesto confuso
por Aurelio Arteta

Artículo de opinión publicado en el periódico español
EL DIARIO VASCO (edición 10 julio 2002)

Intenté mostrar hace unos días cómo la Coordinadora Gesto por la Paz (a través de un artículo de Ana Rosa Gómez Moral) incurre en serias confusiones teóricas que le abocan a condenar por igual toda violencia y a equiparar el valor de sus muertos. Y así, con buena intención pero escaso rigor, emite infundados juicios morales que tienden a desorientar la lucha política.

A mi parecer, éste es el caso de la Coordinadora Gesto por la Paz de Euskalherria. Cuesta decir esto de personas impulsadas sin duda por excelentes propósitos y cuya labor ha merecido el reconocimiento de muchos. ¿Pero me dejarán que les señale algunos fallos doctrinales tan graves que contaminan todo su quehacer práctico y ponen en entredicho el sentido de la meta que persiguen? Pues ocurre que, al juzgar la vida como el valor supremo para el hombre, y por rechazar sin reservas toda violencia, tiene por igual de valiosas las vidas humanas y condena por igual sus muertes violentas. Por encantadoras que suenen, mucho me temo que son tesis falsas. Gesto tiende a sustituir el análisis y las propuestas políticas por vacuas llamadas moralizadoras. Son reflexiones que contribuyen a sostener (como el propio presidente de la Coordinadora) que en el País Vasco caben todos los proyectos, personas e ideas, aunque algunos proyectos y ciertas ideas excluyan del espacio público a muchísimas personas. Dan así lugar a un género de pacifismo que, como busca sólo la paz, la quiere a cualquier precio y aunque fuere una paz injusta.

1. Todo arranca de otro grueso error de partida hoy muy extendido: dar por sentado que su existencia es para el hombre «el valor supremo». Pero, si así fuera, cualquier otro valor sería inferior al de la vida y a él quedaría subordinado. No habría proyecto más valioso que el conservar la vida, ni meta más elevada que la de asegurar la mera subsistencia. Detectar diferencias de valor entre nosotros estaría de más, porque todos ya poseeríamos lo mejor, que es el vivir; distinguir la calidad de nuestros planes y deseos sería absurdo, si todos se igualan en el afán de supervivencia. En resumidas cuentas, primum vivere y luego ya veremos.

Pues bien, nada más falso. Nuestra vida no es ella misma un valor, sino el soporte o requisito de todos los valores. La vida es valiosa no ya por ser vida sin más, sino porque es específicamente ‘humana’ o provista de dignidad; o sea, capaz de llegar a ser consciente, libre, justa, amical, etcétera. Luego son los grados de libertad, verdad, justicia o amistad los que dotan de mayor o menor valor a cada una de las vidas humanas. No es la vida a secas lo valioso, sino lo que hacemos en y con ella, los contenidos con que la llenamos y los espacios de humanidad que le conquistamos.

Todo lo contrario de lo que aquí expresamente se predica. Según esta informal portavoz de Gesto, los asesinos de ETA sufren «un proceso de deshumanización propia por el que ponen su vida al servicio de una causa que ellos consideran superior». Creo que no. La vida, pura posibilidad, se vuelve humana y cargada de sentido precisamente al ponerse al servicio de una causa superior a ella misma. Lo deshumanizador radicará sólo en la injusticia de la causa que una persona o un grupo abracen, en lo irrazonable de sus motivos, en lo despiadado de sus métodos. Todo eso concurre en el terrorismo nacionalista vasco y en otros fanatismos. Pero mi propia vida crece en humanidad cuando, a fin de alcanzar metas valiosas, estoy incluso dispuesto a arriesgar mi existencia.

Gesto pretende enseñar «que son las causas las que deben estar al servicio de todas las vidas». Pero es de suponer que este lema de la servicialidad universal será él mismo también una causa por la que se estaría dispuesto a perder la vida. ¿O no? Pues, si fuera que no, entonces esa moral de apariencia tan excelente sólo será otra máscara del miedo a morir y del instinto imparable de salvar mi vida.

Todos convenimos en que el derecho a la vida propia entraña el correlativo deber de respetar la ajena; lo que descuidamos es que tal deber no sólo postula considerar sagrada la vida del prójimo, sino también ‘acudir a defenderla’ cuando es injustamente amenazada por un tercero. La diferencia estriba en que aquel deber ha sido recogido por la ley positiva, en tanto que del último sólo nos habla nuestra conciencia moral. Pero ambos se completan y atemperan, y no conviene prestar atención sólo al primero con olvido total del segundo. ¿O no es cierto que una vida que se conserva a costa de traicionar al amigo, de consentir la injusticia o de someterse al impostor nos parece una vida humana ‘degradada’ e ‘indigna’ de ser vivida? Así lo prueban tanto la vergüenza o el remordimiento que le asaltan al propio sujeto como la reprobación que experimenta su espectador.

Todo ello viene a diluirse cada vez que se representa a la vida como el valor supremo. Este dogma resume a la perfección el nihilismo ambiental contemporáneo: no hay valores o, si se prefiere, no hay valor más precioso que la vida. Efectivamente, si la vida humana comparece como el valor por excelencia, entonces no reconocemos valor alguno por el que merezca la pena vivir (o sea, correr el riesgo de morir). Para el satisfecho nihilista que llevamos dentro nuestra existencia podría conciliarse con cualquier opción moral, con una y a la vez con su contraria, lo mismo da, siempre que sirvan para asegurar esa desnuda existencia. No importarían los porqués y para qués de cada vida, sino nada más que el sobrevivir. Ya nos lo previno el clásico cuando se refería a aquellos que, con tal de vivir, están dispuestos a renunciar a las razones para vivir: ‘et propter vitam vivendi perdere causas’.

2. ¿Se entiende ahora el vínculo de esta creencia general con la desmoralizada situación pública que padecemos? Pensemos en la constante proclamación del derecho a la vida como el primero y fundamental. Mucho cuidado, que semejante derecho es primero sólo porque sin él los demás no podrían ejercerse; pero en otro sentido resulta secundario, pues sin gozar de aquellos derechos esa vida tendría poco de humana. El peligro de pregonar con preferencia ese derecho a la vida reside en que, a fin de salvaguardarlo, inconscientemente aceptemos prescindir de todos los demás; es decir, admitamos soportar toda clase de atropellos, a condición de seguir vivos. A mi parecer, al subrayar el carácter primordial (y, en la práctica, exclusivo) de aquel derecho, no sólo repudiamos moral y legalmente a quien lo vulnera. De tanto insistir en su lectura más pobre, aquí y ahora estaríamos anunciando además otras actitudes o disposiciones de las que el terrorista y sus secuaces obtienen gran provecho.

Estamos diciendo que, mientras su amenaza sea colectiva o enfile a gente más o menos lejana, esa amenaza no va con cada uno y, por tanto, que nos abstendremos de ofrecer temeraria resistencia a los planes políticos de los criminales. Decimos también que, por si acaso aquel bárbaro se mostrara reacio a cumplir el deber de respetar mi vida, uno mismo se guardará de incurrir en sus iras porque le asiste el derecho de cuidar de sí por encima de todo. Indicamos de paso que ni entraremos siquiera a discutir las premisas ideológicas desde las que los voceros de esos criminales nos atemorizan, puesto que resultan indiferentes (¿no quedamos en que todas son legítimas?) o irrelevantes frente a la relevancia máxima de salvar el pellejo. Sugerimos, en fin, que en esta materia la pusilanimidad es un sentimiento poco menos que excelente y que la cobardía (disfrazada de prudencia y hasta de tolerancia) ha de tenerse por virtud.

Luego nadie puede pedirme que me arriesgue en favor de nadie. Si proteger mi tranquilidad significa dejar a otros conciudadanos más desprotegidos, a mí qué me cuentan y para eso están los guardias. He ahí la apoteosis de la seguridad individual… pero con buena conciencia. ¿Y por qué hemos de transformar un dato bruto natural, como es el afán de sobrevivir, en una conducta moral que todos deben aplaudir? Éste es el mayor daño que nos causa quien desprecia nuestra vida: que, a fin de librarnos del temor que nos infunde, acabemos por perdernos el respeto a nosotros mismos. Nuestra vida no es ella misma un valor, sino el soporte o requisito de todos los valores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 


 

 

 

 

 

 

 



 

 

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 © Sociedad Española de Psicología de la Violencia, 2002