por
Andrés Montero Gómez
Artículo de opinión publicado en los periódicos españoles
EL CORREO (edición 05 julio 2002) y el DIARIO VASCO (edición
08 julio 2002)
Ahora que el
terrorismo comienza a percibirse como una amenaza globalizada, incluso
como uno de los ejes que vertebrarán la cooperación internacional
en el futuro, conviene pararse a reflexionar de alguna manera sobre el
trasfondo motivacional del fenómeno terrorista. Porque el terrorismo,
en tanto conducta sistemática de acción violenta sobre las
personas, siempre está canalizado a través de un respaldo
de intencionalidad que lo promueve. Y esa conducta, por mucha argumentación
política que le sirva de basamento, constituye un hecho criminal
(quebranta los marcos legales) que persigue anular la identidad (política,
personal, social) de sus víctimas para suplantarla con otra identidad
que sea compatible con la visión idealizada y distorsionada de
un mundo que el terrorista ha fabricado en su realidad paralela.
El terrorismo
tiene bastante en común con otros crímenes y algunos elementos
de diferencia significativa que lo convierten en una amenaza que solicita,
de los Estados, estrategias muy bien perfiladas de afrontamiento. Opino
que uno de los criterios de éxito de la lucha contra el terrorismo
en las próximas décadas vendrá determinado por la
capacidad de los Estados de comprender íntimamente el fenómeno
terrorista, en su génesis, articulación y diversidad, para
a partir de esa comprensión arbitrar mecanismos que maximicen la
deslegitimación social del argumento terrorista.
Aunque no se
diga mucho, el pensamiento puesto al servicio del acto de violencia es
un factor presente en todas las agresiones sistemáticas, teniendo
en el terrorismo la máxima sofisticación argumentativa.
Salvo el crimen resultado de un impulso emocional, un arrebato o una suerte
de enajenación, la mayoría de los comportamientos criminales
constituyen acciones premeditadas y, por tanto, razonadas. Incluso en
algunos escenarios donde pudiera parecer que una agresión tiene
lugar en el transcurso de una explosión descontrolada de violencia,
en una multitud de casos el ataque aparentemente arrebatado está
soportado en unos cimientos de premeditación construidos al servicio
de llegar a ese punto donde el criminal da rienda suelta a sus deseos.
Esta impulsividad planificada, en donde el propio transgresor se conduce
a sí mismo hacia el punto donde sabe que va a perder el control,
se observa en algún tipo de maltratadores de mujeres, en agresores
sexuales, en ciertos delitos compulsivos y en determinados asesinos sistemáticos.
En cambio, no
es la impulsividad una cualidad del terrorismo. La conducta terrorista
representa una
instrumentación estratégica, controlada e intencional de
la violencia, decidida al logro de una meta en un contexto social por
medio de la pretendida anulación, a través del terror, de
la voluntad, intereses y capacidad de decisión de otros actores
presentes en ese contexto social.
Por otra parte,
en lo referente a la actividad intelectual que se aplica a la argumentación
de los comportamientos violentos, existe un extenso abanico de razonamientos
con los que el transgresor articula un aparato justificador para su conducta
de violación de los marcos sociales de convivencia democrática
formalizados en las leyes. A riesgo de simplificar en exceso la complejidad
del asunto, puede afirmarse que esa multiplicidad de argumentos criminales
converge en no más de un par de motivaciones generales de fondo:
el crimen para buscar un beneficio ilícito, o bien el crimen como
conducta de adaptación -por ruptura- de una persona ante un entorno
social donde se encuentra inadaptada. El terrorismo, en cuanto crimen,
endosaría esta segunda categoría en la mayoría de
sus expresiones, derivándose en algunas otras hacia un ejercicio
de delincuencia organizada extremadamente violenta que persigue financiación
para su propia subsistencia.
En tanto patrón
de adaptación por ruptura, por subversión, ante un contexto
social donde los integrantes de una banda violenta se consideran desajustados
(aunque, en realidad, el terrorista reside en la convicción de
que el desajustado es el entorno donde opera violentamente, y no él
o su grupo), hay que tener claro que el terrorismo es siempre una conducta
criminal ideológicamente motivada y, de manera directa o indirecta,
esa ideología acostumbra a estar perfilada políticamente.
A ese tenor, encontraremos invariablemente un razonamiento de fondo para
la violencia ejercida por el grupo terrorista, que le sirva de justificación
para sus acciones y de estructura mental donde engarzar y legitimar, psicológica
e individualmente, la agresión sistemática que ejercen sus
miembros.
No obstante,
si bien la dimensión ideológica se encuentra en la génesis
motivacional de la acción terrorista, una vez la dinámica
de la violencia sistemática se ha instalado en la identidad de
un grupo terrorista, el edificio de razonamientos y motivos pasa a convertirse
en un mecanismo de justificación de cada crimen que realizan, de
manera que la interpretación de la realidad se distorsiona lo necesario
para legitimar ideológicamente cualquier atentado contra la vida
y la libertad humanas. Al principio la elección de objetivos y
tácticas de atentados está determinada por y ajustada a
la ideología, pero llega un momento en la evolución del
grupo donde la ideología es la que se ajusta a las acciones: es
el instante en que la pervivencia del colectivo criminal comienza a erigirse
en motor instintivo e inercial del grupo, sobre todo si la ideología
defendida se ha enquistado por aislamiento de la realidad social.
Con todo, tal
cualidad ideológica del terrorismo no contribuye, al contrario
de lo que han espetado muchos terroristas (desde Robespierre al Bin Laden
de los vídeos difundidos por Al Jazeera) a legitimarlo como forma
de lucha, sino todo lo contrario: la esencia intelectual e incluso práctica
de una idea, de un ideario, reside en su capacidad para resistir la revisión
crítica en contraposición a otras ideas e idearios, sin
que medien fuerza o coacción algunas. En la arena política
moderna de la democracia, donde se pretende la construcción de
modelos de convivencia determinados por la libre elección de distintas
alternativas de concepción de la realidad, la noción de
idea impuesta por la fuerza pierde todo sentido. El terrorismo, desde
esta perspectiva, es un fenómeno paradójico que pretende
forzar la elección entre varias alternativas anulando violentamente
todas menos una y, por tanto, suprimiendo el proceso de elección
y la libertad que conlleva. Cualquier doctrina terrorista se sustenta
sobre una pretendida restauración de libertad perdida o depuración
de una libertad que el terrorista considera ficticia, pero es una ilógica
contradicción pretender la consecución de derechos de libre
elección asesinando las ideas alternativas, puesto que sin alternativas
no hay elección posible.
A pesar de lo
que pueda aducirse a veces, el terrorismo no se distingue en su ideología
-en el hecho de poseer un conjunto estructurado de ideas para justificar
el acto de transgresión- de otro tipo de crímenes premeditados,
caracterizados por la imposición del deseo del criminal en detrimento
de la libertad de la víctima. La diferencia entre el terrorismo
y otra clase de crímenes preconcebidos reside en la naturaleza
psicológica de las víctimas de oportunidad elegidas por
su simbolismo en la dinámica del terror, en la tonalidad de subversión
política de la motivaciones del terrorista y, finalmente, en la
intensidad y extensión del menoscabo social que provoca el terrorismo.
A modo de conclusión, pues, cabe afirmar que el terrorista nace
como un político criminal y, en la medida que se adapta en su propia
subsistencia, acaba siendo un criminal politizado.
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