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Áreas de Observación

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SOCIEDAD ESPAÑOLA DE PSICOLOGÍA DE LA VIOLENCIA NNNnnnnnnnnnnnnn
Instisto: contra todas las muertes
por Ana Rosa Gómez Moral

Artículo de opinión publicado en el periódico español
DIARIO VASCO (edición 07 julio 2002)

Gesto por la Paz se manifiesta en silencio al día siguiente de cualquier muerte relacionada con el problema de la violencia terrorista generada en Euskal Herria. Cualquier muerte quiere decir que también se manifiesta cuando muere, fruto de su acto delictivo, alguna de las personas que ejercen esa violencia. Esta es una de las peculiaridades que caracterizan a Gesto por la Paz y, tal vez, uno de los principios más difíciles de asumir y de entender por la mayoría de la gente. Sin embargo, el esfuerzo que requiere esta práctica contiene importantes mecanismos de humanización, ajena y propia, ya que, por una parte, rompe la doble moral de muertos buenos y muertos malos que nos trata de imponer la violencia, y, por otra, vacuna a la sociedad frente a la tentación de aceptar una parte de sus resultados.

La dificultad de asunción de este principio radica en la percepción generalizada de que, con su práctica, se está igualando a las víctimas con los verdugos. No es así. Lo que iguala Gesto por la Paz es el valor supremo de la existencia y eso no es obstáculo para que, a la vez, rechace sin paliativos todo tipo de violencia y, sobre todo, la comisión de la mayor de las injusticias que un ser humano puede cometer con otro. Así pues, la condena de Gesto por la Paz va dirigida hacia la pérdida baldía de vidas humanas, independientemente de la consideración, radicalmente diferente, que nos merezca lo que los sujetos de esas vidas estuvieran haciendo justo antes de morir o de ser asesinados. En el fondo de esta concepción subyace la idea de que nadie merece la muerte, ni siquiera quienes están en disposición de arrebatársela a los demás. De hecho, las concentraciones silenciosas de Gesto por la Paz, cuando muere un terrorista como consecuencia de su propia acción, son prueba fehaciente de que se puede conjugar al mismo tiempo la más rotunda condena por su actividad violenta con el dolor más puramente humano por la pérdida de su vida.

En cualquier asesinato existe una deshumanización de la víctima. Es decir, el asesino siempre percibe que su móvil está por encima de aquella vida que arrebata a otra persona. En el caso de la violencia fanática (sea de inspiración religiosa o política), los asesinos no sólo deshumanizan a las víctimas, sino que han sufrido previamente un proceso de deshumanización propia por el que también ponen su vida al servicio de una causa que ellos consideran superior. De esta forma, la causa se convierte en algo más importante que la vida humana y, por tanto, se acepta el riesgo de morir matando. Gesto por la Paz trata de romper esa lógica asumiendo la cualidad humana de quien está en disposición de matar y haciendo ver que cualquier vida, incluso la suya, está por encima de su causa. En este sentido, la defensa de la vida conlleva, además, la denuncia de la doble moral de ese mundo cerrado donde sólo se rinde homenaje al martirio propio y donde las personas no tienen más sentido que el de la medida del sacrificio con que puedan demostrar su pureza ideológica. Al manifestar el dolor sincero por la pérdida de uno de los suyos, Gesto por la Paz está obligando a recordar que, antes y por encima de cualquier causa, lo que nos iguala a todos los seres humanos es nuestra condición de personas y que, de la misma manera que se la reconocemos, ellos también deberían de ser capaces de reconocerla en todos aquellos a los que han asesinado o pretenden asesinar. Así, mediante la recuperación de su humanidad, Gesto por la Paz muestra a quienes ejercen y justifican la violencia que es posible recorrer un proceso inverso al que los llevó a poner la vida ajena y la propia al servicio de una causa y que son las causas las que deben estar al servicio de todas las vidas.

Por otra parte, la práctica del terror no constituye sólo la desintegración moral de quien lo ejerce y justifica, sino que también supone una amenaza constante a la firmeza de los valores humanos y democráticos de quienes lo sufren. Cada asesinato puede convertirse en un peldaño que esta sociedad descienda hacia su propio abismo, si no sabe defenderse de las tentaciones que la violencia le tiende a base de espanto, rabia e impotencia. La primera y más fácil de esas tentaciones puede ser la de la aceptación de la muerte cuando se trata de alguien que iba a matar. Esto significaría el contagio de esa doble moral, según la cual hay muertos buenos y muertos malos, que se nos propone desde la violencia y, a su vez, supondría dar la conformidad a una parte de sus resultados. Ante este peligro, Gesto por la Paz se concentra silenciosamente, también cuando muere un terrorista, porque estar en contra de la violencia significa estar en contra de todos sus resultados y, por tanto, porque considera que ninguna muerte es buena ni necesaria. Además, esta práctica es un auténtico antídoto contra las reacciones de aceptación de la lógica de la muerte a la vez que una férrea barrera que impide el avance de cualquier otro planteamiento de lucha contra la violencia que esté fuera de los límites del Estado de Derecho.

En este sentido, el modelo de Gesto por la Paz comporta, en la práctica, el reconocimiento universal del valor de la vida y la apelación constante a la humanidad de quienes ejercen la violencia como una forma de recuperarlos para la convivencia y para que ellos también reconozcan la humanidad ajena. Asimismo, supone un esfuerzo por superar sentimientos de odio, deseos de venganza, aprobación de medidas eficaces o soluciones más allá de los derechos humanos y ejercicios de doble moral, como única manera de fomentar otros valores y actitudes que no nos hagan reproducir los que nos parecen execrables y como expresión de la voluntad de reconciliación de buena parte de la sociedad.

Pensar, decir y actuar según estas convicciones no constituye ningún obstáculo para saber que hay un abismo entre la culpa del verdugo como responsable de su propia muerte y la inocencia desnuda de las víctimas, sino que, más bien, muy al contrario, aún siendo completamente consciente de ese abismo, Gesto por la Paz es capaz de hacer el esfuerzo para convertir en reales los versos del poeta José Martí: «Cultivo una rosa blanca/ En julio como en enero,/ Para el amigo sincero/ Que me da su mano franca/ Y para el cruel que me arranca/ El corazón con que vivo,/ Cardo ni ortiga cultivo,/ Cultivo una rosa blanca». Y todo esto gracias a que el trabajo y la colaboración de cientos de personas anónimas permite a Gesto por la Paz disfrutar de ese cultivo transparente, independiente, desinteresado y prolongado en el tiempo, cuyas rosas blancas no necesitan proyectar su sombra sobre otros cultivos para destacar con hermosura propia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 


 

 

 

 

 

 

 



 

 

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 © Sociedad Española de Psicología de la Violencia, 2002