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Áreas de Observación

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SOCIEDAD ESPAÑOLA DE PSICOLOGÍA DE LA VIOLENCIA NNNnnnnnnnnnnnnn
por Richard Perle
Director del Consejo de Defensa de EEUU


Artículo de opinión publicado en el periódico español
EL MUNDO (edición 22 marzo 2003), y reproducido aquí literalmente.

El reino de terror de Sadam Husein está a punto de terminar. El líder iraquí desaparecerá pronto, pero no se hundirá solo: en una despedida irónica, arrastrará consigo a la ONU. Bueno, no a toda la ONU. La parte de las «buenas obras» sobrevivirá, las burocracias pacificadoras de bajo riesgo se quedarán, el charlatán del Hudson seguirá quejándose tristemente. Lo que morirá será la fantasía de que la ONU es la base del nuevo orden mundial. Al examinar los escombros, será importante conservar, y más aún comprender, el naufragio intelectual de la presunción liberal según la cual la seguridad puede conseguirse a través de leyes internacionales administradas por instituciones internacionales.

Mientras los iraquíes libres documentan la pesadilla de los 25 años de gobierno de Sadam, no olvidemos a aquéllos que han invocado la autoridad moral de la comunidad internacional al pedir más tiempo para los inspectores de armas y que se han manifestado contra el «cambio de régimen». En el espíritu de reconciliación de la posguerra que los diplomáticos siempre intentan fomentar, no debemos reconciliarnos con la tímida y malograda idea de que el orden mundial requiere ceder ante los Estados irresponsables que aterrorizan a sus propios ciudadanos y amenazan a los nuestros.

Hace unos días, Shirley Williams censuró durante un programa de la televisión que la coalición de los países dispuestos a intervenir utilicen la fuerza para liberar a Irak. Mujer decente, seria y noble, seguramente se habrá unido a la oposición al escuchar argumentos tan convincentes que superaban las razones morales para derrocar al régimen de Sadam. Para Lady Williams (y para muchos otros), lo que ha inclinado la balanza de la opinión sobre esta guerra es la idea de que sólo el Consejo de Seguridad de la ONU puede legitimar el uso de la fuerza. Da igual que las tropas se empleen únicamente para poner en vigor las exigencias de la propia ONU. No basta una coalición de democracias liberales dispuestas a intervenir. Si cualquier institución o coalición que no sea el Consejo de Seguridad de la ONU emplea la fuerza, incluso como último recurso, no prevalecerá el derecho internacional, sino la «anarquía», y se destruirán todas las esperanzas de un orden mundial.

Esta es una idea peligrosamente errónea que conduce inexorablemente a poner importantes decisiones morales, e incluso existenciales y político-militares, en manos de países como Siria, Camerún, Angola, Rusia, China y Francia. Cuando su postura fue rebatida con el argumento de que si una política es aceptable y cuenta con la aprobación del Consejo de Seguridad, por qué iba a ser ahora errónea sólo porque la China comunista, Rusia o Francia o una pandilla de pequeñas dictaduras se negaran a dar su consentimiento, Williams volvió a insistir en la primacía del «orden» sobre «la anarquía».

¿Pero es capaz el Consejo de Seguridad de garantizar el orden y de salvarnos de la anarquía? La Historia indica que no. La ONU surgió de las cenizas de una guerra que la Liga de las Naciones no pudo impedir. Simplemente no estaba en condiciones de enfrentarse a Italia en Abisinia y, mucho menos -de haber sobrevivido a aquel desastre-, de plantar cara a la Alemania nazi.

Pero en el vertiginoso periodo posterior a la victoria de los aliados, la esperanza de que la seguridad fuera un proyecto colectivo quedó encarnada en el Consejo de Seguridad de la ONU, con resultados lamentables. Durante la Guerra Fría el Consejo de Seguridad permaneció completamente paralizado. El imperio soviético fue derribado y Europa del Este liberada, pero no por la ONU, sino por la madre de todas las coaliciones: la OTAN. Aparte de pequeñas escaramuzas y de misiones de pacificación esporádicas, la única ocasión en que el Consejo de Seguridad actuó durante la Guerra Fría fue al emplear la fuerza para detener la invasión de Corea del Sur, pero esto ocurrió sólo porque los soviéticos no estuvieron presentes en la sala para vetar la resolución. No volvieron a cometer el mismo error.

Ante las múltiples agresiones de Milosevic, la ONU no fue capaz de detener las guerras en los Balcanes, y ni siquiera de proteger a las víctimas. Fue necesario crear una coalición de países dispuestos a intervenir para salvar a Bosnia de su extinción. Y una vez finalizada la guerra, la paz se logró en Dayton, Ohio, no en la ONU. No fue la ONU la que acudió al auxilio de los musulmanes de Kosovo: su causa nunca obtuvo la aprobación del Consejo de Seguridad. Reino Unido, no Naciones Unidas, salvó las Malvinas.

El nuevo siglo presenta ahora nuevos desafíos a las esperanzas de un nuevo orden mundial. No podremos vencer ni contener a los terroristas fanáticos a menos que podamos llevar la guerra a los territorios desde los cuales lanzan sus ataques. Esto requerirá a veces el uso de la fuerza contra Estados que dan cobijo a terroristas, como hicimos al destruir el régimen de los talibán en Afganistán.

Los más peligrosos de estos Estados son aquéllos que también poseen armas de destrucción masiva. Irak es uno de ellos, pero hay otros. Cualquier esperanza de convencerlos de que dejen de apoyar o proteger a los terroristas depende de la certeza y la eficacia con las que nos enfrentemos a ellos.

La incapacidad crónica del Consejo de Seguridad para poner en vigor sus propias resoluciones es inconfundible: simplemente no reúne las condiciones para cumplir esta tarea. Sólo nos quedan las coaliciones de los países dispuestos a intervenir. Lejos de menospreciarlos clasificándolos de una amenaza contra el nuevo orden mundial, debemos reconocer que son, a falta de algo mejor, la mayor esperanza de ese orden, y la verdadera alternativa a la anarquía del lamentable fracaso de la ONU.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 


 

 

 

 

 

 

 



 

 

obidev@sepv.org

 © Sociedad Española de Psicología de la Violencia, 2003