El bombardeo el pasado martes
de la sede de la ONU en Bagdad ha sido la prueba más evidente de que
EEUU ha ocupado un país que ahora se ha convertido en una amenaza
terrorista cuando antes no lo era.
Claro que deberíamos alegrarnos de que la guerra de Irak haya
sido más rápida de lo que esperaban sus promotores, y de que se haya
destituido a un tirano despiadado, pero el periodo de posguerra es
otra historia. Más por negligencia que por malevolencia, EEUU ha
conseguido, precisamente, crear aquella situación que la
Administración de Bush había calificado de campo de cultivo para
terroristas: un Estado incapaz de controlar sus fronteras o de
satisfacer las necesidades básicas de sus ciudadanos.
Como manifestó claramente la Administración estadounidense en su
estrategia de seguridad nacional el pasado mes de septiembre, los
estados débiles suponen la misma amenaza a la seguridad
norteamericana que los estados poderosos. Sin embargo, dada la
incapacidad de esta Administración para proveer de los servicios
básicos y legitimar a los gobiernos establecidos en la posguerra de
Afganistán e Irak, así como su persistente reticencia a ver una
relación entre esos fracasos y la escalada de violencia
antinorteamericana; me pregunto si el Gobierno se leyó su propio
informe.
Por ejemplo, el jefe de las Fuerzas Armadas estadounidenses en
Irak, el general John Abizaid, ha calificado los ataques casi
diarios a sus tropas como campañas de guerrillas lideradas por
restos baazistas apoyadas por algunos civiles. Pero cada vez son más
los iraquíes que no están de acuerdo con esta opinión, y creen que
los ataques son obra de fuerzas organizadas que se alimentan del
descontento, motivadas por el nacionalismo, el Islam y la venganza.
Según un estudio realizado este mes por el Centro Iraquí de
Investigación y Estudios Estratégicos, casi la mitad de los iraquíes
encuestados atribuyen la violencia a la provocación de las fuerzas
de EEUU o a la resistencia a la ocupación (lo más preocupante es que
la palabra árabe que equivale a la de resistencia utilizada en la
encuesta lleva consigo cierto tono de simpatía hacia los autores de
los atentados). En las ciudades de Ramadi y Faluya, lugares donde se
han producido la mayoría de los ataques, casi el 90% de las
respuestas del cuestionario confirmaba que los iraquíes atribuyeron
las agresiones a estas causas.
¿Por qué los ciudadanos iraquíes de a pie no se apresuran a
condenar la violencia contra los soldados que les han liberado de
Sadam Husein? Mustafá Alani, un estudioso iraquí del Royal United
Services Institute de Londres, me dio una posible explicación:
incluso en los días más tenebrosos de la guerra Irán-Irak, la
mayoría de los iraquíes (aparte de kurdos y árabes marsh -árabes de
los pantanos-) no tenían que preocuparse por su seguridad
personal.No podían decir lo que pensaban, pero podían contar con
suministro eléctrico, agua o servicio telefónico, por lo menos,
durante la mayor parte del día. Ahora tienen miedo a que les ataquen
en sus casas. En cuanto a la energía, normalmente no hay ni luz, ni
agua, ni teléfono. Según M. Alani, a los iraquíes ahora ya no les
importaría tanto la democracia; lo que realmente quieren es
asegurarse de que no van a violar a sus hijas o raptar a sus hijos
de camino a la tienda de comestibles.
Echar la culpa de la violencia a los aislados leales del partido
Baaz era quizá más plausible cuando la violencia tenía lugar en la
zona central suní. Pero los recientes disturbios en el sur de la
ciudad chií de Basora y el sabotaje de un oleoducto principal en el
norte kurdo evidencian que otras regiones no permanecerán pacíficas
indefinidamente.
Los chiíes apoyaron abiertamente la operación para destituir a
Sadam Husein, pero ahora están furiosos por la manifiesta
incompetencia estadounidenses después de la guerra. Todos estos
hechos configuran el escenario ideal para extremistas religiosos.
Moktada al-Sadr, un clérigo mordaz de Basora, dice que ha reclutado
un ejército de 5.000 hombres chiíes para enfrentarse a las fuerzas
de ocupación.Está alentando a sus adeptos públicamente para que se
comprometan con una resistencia pacífica, pero algunos han dicho a
los periodistas occidentales que están dispuestos a llevar a cabo
«operaciones de martirio» cuando sea necesario y reciban las órdenes
correspondientes.
Además, en el periodo previo a la guerra, la mayoría de los
iraquíes vieron a los voluntarios extranjeros que corrían a luchar
contra EEUU como agitadores, y se dice que el ejército de Sadam
Husein mató a muchos de ellos. Hoy en día, según M. Alani, estos
extranjeros están siendo mejor recibidos por la opinión pública,
especialmente por el antiguo baluarte baazista del norte de Bagdad.
Por muy negativa que sea la situación dentro de Irak, el efecto
que ha tenido la guerra en el reclutamiento de terroristas alrededor
del mundo puede ser mucho más preocupante. Incluso antes de la
invasión, un alto funcionario encargado de la política
antiterrorista del Gobierno de EEUU, comunicó a los periodistas que
«ya se está utilizando la invasión de EEUU de Irak como cebo de
reclutamiento para Al Qaeda y otros grupos». Funcionarios del
servicio de Inteligencia de EEUU, Europa y Africa dicen que los
reclutas que ven ahora son más jóvenes que antes. Las imágenes
emitidas por televisión de soldados estadounidenses y tanques en
Bagdad son profundamente humillantes para los musulmanes, incluso
para los que no querían a Sadam Husein, decía Saad al-Faqih, líder
del Movimiento para la Reforma Islámica en Arabia, un grupo
disidente saudí en Londres.Saad al-Faqih me contó que en los últimos
meses han entrado en Irak unos 3.000 jóvenes, y añadió que la guerra
era «un regalo para Osama bin Laden».
Hassan Nasrallah, líder del grupo chií libanés Hizbulá, en un
acto religioso el pasado mes de marzo, dijo ante una multitud de
150.000 personas que EEUU estaba intentando ocasionar una «tragedia
para la Humanidad y extender el caos en el mundo».Además, predijo
que el pueblo de Irak y la región «recibirían a las tropas
norteamericanas con rifles, sangre, armas y martirio».
La ocupación ha proporcionado a grupos distintos de varios países
un campo de batalla común sobre el cual luchar contra un enemigo
común. Hamid Mir, un biógrafo de Osama bin Laden, ha estado viajando
por Irak y me ha contado que Hizbulá ha intensificado sus
actividades no sólo en las regiones chiíes, sino también en Bagdad.
Pero lo más inquietante es la dimensión que está alcanzando la
influencia de Al Qaeda. Al grupo se le ha relacionado con los
atentados de Indonesia, Arabia Saudí y Marruecos. En el atentado de
ayer se sospecha de Ansar al-Islam, una ramificación de Al Qaeda
cuyas bases en el norte de Irak fueron destruidas a principios de la
guerra. En las últimas semanas, funcionarios de EEUU reconocieron
que miembros del grupo terrorista habían cruzado de Irán a Irak,
habían empezado a organizarse en Bagdad y eran sospechosos de
maquinar atentados, incluyendo el del 7 de agosto a la embajada de
Jordania. Además, Hamid Mir informó que Al Qaeda estaba organizando
nuevos campos de entrenamiento en la región limítrofe entre Irak y
Siria.
Aunque no haya una causa única de terrorismo, las entrevistas que
he mantenido con terroristas durante los últimos cinco años indican
que la alienación, la humillación y la falta de oportunidades
políticas y económicas empujan a los jóvenes hacia el
extremismo.Este puede fácilmente convertirse en violencia cuando las
instituciones gubernamentales son débiles y hay dinero disponible
para pagar una guerra santa. No parece que EEUU vaya a convencer a
los terroristas comprometidos. Después de pasar algún tiempo
dedicados a esta militancia, les cuesta imaginar otra forma de vida.
Algunos han dicho de la yihad que era «adictiva».
De este modo, la mejor manera de luchar contra ellos es
asegurarse de que la mayoría de la población los rechaza. Los
terroristas y las guerrillas confían en obtener, al menos, algún
apoyo popular.El deber de EEUU será restaurar la seguridad pública
en Irak e instalar en el lugar instituciones gubernamentales
efectivas regidas por iraquíes. También ayudaría el hecho de que
pudiéramos involucrar a más ejércitos de otros países, para dejar
claro que la guerra no ha sido una conspiración norteamericana para
robar el petróleo de Irak y denigrar el Islam, tal y como argumentan
los extremistas.
El objetivo de crear un Irak mejor es una noble finalidad, pero
un primer paso será asegurarse de que los iraquíes de a pie
encuentren en los ideales estadounidenses un apoyo más atractivo que
en los de Al Qaeda.
Jessica Stern es profesora de la Escuela de Gobierno Kennedy
de Harvard, autora de Terror en el nombre de Dios: Por qué matan los
militantes religiosos.