por
Rafael Aguirre
Catedrático de Teología de la Universidad de Deusto
Artículo de opinión publicado en el periódico español
EL CORREO (edición 24 agosto 2002)
Se da la paradoja de que la religión, cuyo estudio
científico está ausente en la universidad española,
suele proporcionar algunos de los temas estelares de
varios cursos que estas mismas universidades organizan
en verano. El fenómeno viene repitiéndose desde hace
años. Esta vez, y motivado por los acontecimientos del
11 de septiembre, el enfoque prevalente ha sido el de
la fe en Dios y sus relaciones con la paz y la
violencia. La segunda semana de agosto, en el Palacio
de la Magdalena de Santander, participé en uno de
estos cursos, que ha acogido a más de cien alumnos, el
de mayor convocatoria de todos los que se
desarrollaban simultáneamente. ¿Por qué tanta
concurrencia? ¿Será la frivolidad del verano? ¿O será,
más bien, la necesidad de espacios para tratar con
seriedad, libertad e interdisciplinariedad un tema que
sólo surge en al ámbito público como anécdota
extravagante o escándalo eclesiástico? Me preguntaba,
por cierto, estos días, viendo el colosal
desconocimiento de la tradición cristiana de la nuevas
generaciones, qué puede significar Europa cuando se
están perdiendo, con rapidez y espantosa frivolidad,
las referencias claves de su cultura.
Desde la Ilustración, el cristianismo ha estado a la
defensiva ante el ataque de sospechas sucesivas. Se le
ha acusado de estar contra las exigencias de la
ciencia (Comte); de ser mera proyección de deseos
humanos (Feuerbach); de alienar al hombre para que
acepte dócilmente la explotación (Marx); de atentar
contra la afirmación de la vida y promover una moral
de esclavos (Nietzsche); de ser el residuo de una
neurosis infantil colectiva (Freud). Nadie como
Saramago ha expresado el último gran reproche: hay que
acabar con Dios porque es un factor de guerra.
El debate en torno a la Iglesia, por importante que
sea, pasa de largo ante aspectos claves antropológicos
y sociológicos del fenómeno religioso. Por otra parte,
la Iglesia monopoliza cada vez menos lo religioso. El
mundo de las creencias, para bien o para mal, es cada
día más plural, variopinto y hasta pintoresco. Un
dato, nada tranquilizador en mi opinión, puesto de
relieve por la última gran encuesta mundial de valores
-y dado a conocer, por supuesto, en otro curso de una
universidad de verano-, es que la importancia que se
concede a Dios crece en los países anglosajones e
islámicos, mientras baja en la Europa católica y
protestante. Es decir, sube en los lugares donde se ha
utilizado la fe para legitimar políticas
internacionales e, incluso, guerras. O sea, que crecen
el fundamentalismo y la religión no ilustrada.
Es, sin duda, un fenómeno muy complejo. Antes he
citado una serie de autores que daban una explicación
expeditiva y reductora del hecho religioso a partir de
teorías omnicomprensivas de la realidad. Pero todas
han resultado insuficientes, sustituidas por otras y
desmentidas por los hechos. Ahí sigue la experiencia
humana del límite, de la pregunta por el sentido, la
apertura a algo que le trascienda, irreductible e
insofocable pese a los embates de las teorías y las
persecuciones, a veces terribles, de algunos sistemas
totalitarios. Diríase que ahora la posmodernidad
intenta acabar con el problema diluyendo su
importancia. Se aboga por un pensamiento parcial y
débil, que rechaza las grandes cosmovisiones y las
ideologías fuertes, que aniquilan a las personas
concretas y tienden al totalitarismo. Se acepta la
religiosidad entendida como una espiritualidad vaga y
difusa, que serene el espíritu y que no plantee
interrogantes que la razón humana no puede responder.
Se recuperan el silencio y la penumbra de los templos,
el incienso, la estética de la liturgia, pero se
abjura de Dios como valor absoluto.
Está en juego uno de los grandes temas de nuestro
tiempo: los fanatismos religiosos. Se debe
reivindicar, ante todo, la racionalidad humana
compartida. Y a las religiones se les debe exigir que
se ajusten a sus exigencias en sus comportamientos
sociales. Está en juego la posibilidad de la
convivencia democrática en un mundo plural. Esto
implica la aceptación de los derechos humanos y de la
laicidad del Estado. Pero supuesta esta base mínima -y
de algún modo también máxima-, a nadie se le puede
impedir, ni a las religiones ni a otros grupos
sociales, que hagan propuestas específicas sobre el
sentido de la vida y sobre los óptimos morales y
sociales.
Pero debe darse un paso más. Los fanatismos religiosos
deben criticarse y combatirse desde la experiencia
religiosa misma rectamente entendida. En efecto, jamás
se puede identificar a Dios -misterio absoluto y (para
los cristianos) amor infinito- con ninguna de las
mediaciones culturales o institucionales con que se
expresa. El Dios de la Biblia no permitía que se
hiciesen imágenes suyas, ni materiales ni mentales (no
revelaba su nombre). La gran lucha del profeta Jesús
de Nazaret no fue contra la increencia, sino contra la
idolatría, contra las imágenes falsas de Dios, que
siempre son instrumento de opresión cuando no de
muerte.
Existe la manipulación burda de lo religioso, como la
realizada por Bush o por Sadam Hussein en la Guerra
del Golfo, uno para intentar movilizar a la umma
musulmana contra los infieles y el otro para presentar
como defensa de la civilización cristiana el control
de las reservas petrolíferas. Quizá la peor forma de
fanatismo religioso es el fundamentalismo ignorante,
que se basa normalmente en la lectura literal y
simplista de unos textos tenidos por sagrados. Si el
fundamentalismo islámico sacraliza el Corán, hay
también un fundamentalismo cristiano, de raíz
protestante y anglosajona, muy pegado a los textos del
Antiguo Testamento, que le lleva tanto a justificar el
sionismo como a apropiarse de la categoría de elección
divina («A Dios... que nos mantuvo como nación, con
fervor bendigamos. Nuestra causa es el bien y por eso
triunfamos», dice el himno estadounidense).
No hay más peligrosa fuente de violencia que el
fanatismo religioso. Considerarse miembro del reducido
grupo de los elegidos y poseedores de la verdad e
identificar la propia nación o causa histórica con la
causa de Dios lleva necesariamente a la sacralización
de la imposición y de la violencia.
Pero la historia también nos enseña que una fe
religiosa purificada puede constituirse en la mayor
fuente de libertad y de amor. Hace unos días acompañé
a un equipo que estaba realizando un reportaje para la
televisión sobre las migraciones en el mundo actual,
para lo que llevaban recorridos más de una docena de
países de América, Asia y África. Buscando el lugar
adecuado para unas tomas y esperando que saliese el
sol tuve tiempo de hablar largo y tendido con el
director. Típico hombre de su generación, educado
religiosamente, pronto se sintió en profundo conflicto
con aquella iglesia y agnóstico convencido; estaba
impresionado por la catástrofe humana de África, de
donde acababa de regresar, pero le admiraba el trabajo
y la hospitalidad de los misioneros y me dijo
textualmente: «En los peores lugares que he visto en
mi vida, en miserables hospitales llenos de
desahuciados por el cólera o el sida, los que
acompañaban hasta el final a aquella gente, agarrando
su mano, eran personas que decían que Jesús es el hijo
de Dios...; si la Iglesia católica desapareciese de
pronto, sería una catástrofe humanitaria de
incalculables consecuencias».
Es evidente que el talante de estas personas, de las
que mi amigo hablaba con admiración y emoción
contenida, no tiene nada de fanático ni de posmoderno;
su fe se ha traducido en un compromiso absoluto y
radical con los más pobres. Y es que hay que
distinguir entre el rigorismo moral y la radicalidad
evangélica. La afirmación cristiana de Dios relativiza
sus mediaciones conceptuales e institucionales, no se
identifica con ninguna causa histórica, serena y
purifica el espíritu, confiere libertad en toda
situación, descentra e introduce en la lógica del amor
gratuito. En cambio, el rigorismo es la afirmación
tajante de las normas que garantizan la identidad del
grupo y encubre la voluntad de poder y el ansia de
seguridad personal y colectiva. El rigorismo es
siempre agresivo y oculta la carencia de la verdadera
radicalidad, que necesariamente promueve la apertura a
lo diferente y la disponibilidad ante el necesitado.
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