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por
Gustavo de Arístegui
Artículo de opinión publicado en el periódico español
EL MUNDO (edición 13 junio 2003) y
reproducido aquí literalmente
Los
últimos acontecimientos en Chechenia, Riad, Casablanca y Jerusalén
parecen haber disparado las alarmas sobre un supuesto aumento del terrorismo
islamista radical. Sin embargo, la violencia que este fenómeno
genera y la
ideología que lo alimenta llevan golpeando a la umma (la comunidad
de
creyentes) y al mundo entero desde hace décadas. El islamismo radical
ha
tenido que desvirtuar de tal manera el islam, su mensaje y las fuentes
del
Derecho que algunos de los dogmas más importantes de éste
han sido
deformados más allá de todo reconocimiento posible. Una
de las bases más
importantes sobre la que el islamismo sustenta la justificación
del
asesinato masivo, la expansión del terror y de la barbarie -así
como del
chantaje y la coacción- es la manipulación de la teoría
de la yihad (guerra
santa, aunque literalmente signifique «esfuerzo»).
En la primera comunidad
islámica establecida por el propio profeta, en
el año 622 de nuestra era, en la ciudad de Yatrib (renombrada Medina
en su
honor), tras la huida de La Meca (Hégira), se le había dado
un significado
bien distinto a la palabra yihad, tenía una acepción más
próxima al concepto
de esfuerzo moral y religioso de vivir en comunidad, en paz y armonía,
así
como de esforzarse en cumplir y propagar la Revelación. Lamentablemente,
tiene también otra acepción de carácter esencialmente
bélico, ya fuese
ofensivo o defensivo. Hoy, la mayor parte de los juristas islámicos
más
prestigiosos le da a la palabra la doble acepción de esfuerzo y
guerra
santa, si bien ésta última va ganando, día a día,
terreno a la primera.
Una de las doctrinas
ultrarradicales de los salafistas, que dicen
propugnar una vuelta a las esencias del islam, lo que ellos llaman «el
primer islam», como el de la primera comunidad de Medina, es la
que utiliza
esta explicación para justificar los ataques al islam que ellos
consideran
impuro, corrupto e impío. La contradicción es evidente si
se tiene en cuenta
que los salafistas son, hoy por hoy, uno de los grupos islamistas más
violentos y que más han retorcido el concepto de guerra santa,
yihad, para
justificar el terrorismo y el proselitismo violento cuando, en realidad,
el
concepto de yihad de esos primeros tiempos, que ellos dicen emular, era
mucho más pacífico.
Para el Derecho islámico
hay cuatro tipos de guerra que pueden
considerarse legítimas: contra infieles, apóstatas, rebeldes
o bandidos.
Sólo en los dos primeros casos se puede declarar legal y legítimamente
una
yihad, aunque sea preciso cumplir, además, unos requisitos muy
claros y muy
precisos. La yihad ofensiva sólo se puede librar contra apóstatas
e infieles
si es que suponen una amenaza seria para la umma. La yihad defensiva puede
justificarse, entre otras razones, si se ha producido la invasión
y
ocupación ilegítima de territorio musulmán, cuando
no se permita la libertad
de culto a los musulmanes o se les persiga por razones religiosas.
Resulta evidente,
a la luz de sus comunicados y de su doctrina, que el
objetivo más importante para los islamistas radicales es derrocar
a los
regímenes y gobiernos que ellos consideran corruptos, impíos,
antiislámicos
pero, ante todo, apóstatas.La apostasía es un concepto de
extraordinaria
importancia en el Derecho islámico, puesto que al infiel se le
considera un
ignorante que no ha visto la luz de la Revelación, mientras que
al apóstata
se le considera un renegado de la fe, convirtiéndose, así,
en un traidor y
en un peligroso ejemplo negativo para el resto de la comunidad. En el
islam
la apostasía se castiga con la muerte y al condenado no le puede
perdonar
ninguna instancia humana por elevada que ésta sea. Para poder justificar
toda la barbarie, el terrorismo y los constantes y continuos intentos
desestabilizadores, el islamismo radical recurre de manera insistente
a
acusar de apostasía a todos los regímenes, gobiernos y gobernantes
a los que
ha declarado enemigos de su retorcida forma de ver el islam. Para ello
es,
además, indispensable contar con una serie de líderes (supuestos
líderes,
más bien) religiosos que puedan hacer una acusación creíble
de apostasía
ante sus ministros y simpatizantes. Estos ulemas y muftis (doctores de
la
ley) islamistas son esenciales para la estrategia del fanatismo.
Por otra parte, no
conviene olvidar que el islamismo radical es
considerado por un número importante de pensadores, ulemas y muftis
moderados, así como por altas autoridades religiosas de la umma,
desviacionista y heterodoxo, hasta el punto de que algunos de ellos
consideran a los islamistas unos herejes. Sin las acusaciones de apostasía
contra algunos líderes árabes y musulmanes, les resultaría
prácticamente
imposible justificar el asesinato masivo e indiscriminado y los constantes
intentos de derrocar a esos gobernantes (especialmente a los que tienen
vínculos estrechos con Occidente), cuando en algún caso,
además, esos
gobernantes tienen una fuerte base de legitimidad dinástico-religiosa,
como
es el caso de Jordania o Marruecos. Estas acusaciones no son nuevas y
ya las
empleaba el ideólogo paquistaní Maududi contra los maharajás
musulmanes
probritánicos en la India. El mismo Maududi jugó un papel
esencial de
inspirador de las primeras estructuras del incipiente Estado paquistaní,
en
el que había logrado penetrar usando la estrategia del movimiento
deobandi,
que consiguió que en la India la mayoría musulmana estableciese
el imperio
mogul para dominar a la mayoría hindú. El egipcio Said Qutb,
uno de los
mayores ideólogos del odio a Occidente, acusó a Gamal Abdel
Naser de
apostasía, justificando así cualquier acto violento contra
el Gobierno
egipcio o sus aliados. Osama bin Laden ha hecho lo propio con la inmensa
mayoría de gobernantes árabes, a los que lleva colocando
en su interminable
lista negra desde hace años. Igualmente, Hamás y Yihad Islámica
han acusado
a cualquier palestino que se oponga al terrorismo de apóstata y
traidor.
Otra cuestión
esencial en torno a la yihad y el terrorismo es el
suicidio en el islam. La doctrina señala que es muy distinto morir
a manos
del enemigo que si se comete suicidio, aunque se haga para causar bajas
a
los adversarios. Por ello distingue claramente entre actos temerarios
y el
suicidio. Pero como para los islamistas radicales existe entre ambos una
línea muy delgada, sus dirigentes, los ulemas y los muftis islamistas
radicales, se aprovechan de esa circunstancia para tratar de convencer
a sus
seguidores de que el martirio (shahid) está premiado con el paraíso.
Según
la doctrina jurídica más reputada del islam, el suicidio
está castigado con
la pérdida del paraíso y, según el profeta, estarán
condenados a repetir
toda la eternidad el acto con el que se quitaron la vida. En consecuencia,
parece evidente que los terroristas suicidas, que dicen ser creyentes,
se
están jugando, según la fe musulmana, la salvación
de sus almas por la
interpretación más que discutible que hacen sus líderes
sobre la muerte en
combate.
Conviene señalar, además, que en el islam se condena de
forma taxativa
el asesinato masivo, especialmente si se refiere a ancianos, mujeres y
niños, lo que lamentablemente está ocurriendo cada vez que
el terrorismo
islamista radical golpea. Esto, que nadie se llame a engaño, viene
sucediendo desde hace décadas. Las justificaciones son las mismas,
la base
pseudojurídica y pseudoreligiosa es idéntica y sus excusas
políticas,
geopolíticas o religiosas se renuevan constantemente. Quienes armen
seriamente que el pretexto de Irak está hoy más presente
que nunca en las
motivaciones de los grupos islamistas para atacar están ignorando
las bases,
el fundamento y la Historia del islamismo en el siglo XX. En 1998, en
uno de
los comunicados más conocidos y reproducidos de Osama bin Laden,
se
criticaba de forma ácida la presencia de tropas occidentales en
territorio
saudí o la agresión contra Irak, es decir, cinco años
antes de los últimos
atentados y de la intervención militar en Irak.
Es de una preocupante
irresponsabilidad procurar encontrar motivos o
justificaciones mínimamente racionales a las actuaciones de la
barbarie
terrorista. El terrorismo islamista radical, como el de cualquier otra
naturaleza, procura atentar tantas veces como pueda y con la mayor violencia
y eficacia. El terrorismo nunca ha necesitado ningún tipo de excusa
y no
parece razonable que desde Occidente estemos teorizando sobre las mismas.
El terrorismo islamista,
escudado en la yihad, en la supuesta
apostasía, laxitud o lo que ellos consideran la inmoralidad de
algunos
dirigentes a los que ellos han condenado ya de antemano y sin juicio,
ha
hecho durante décadas, y me temo que seguirá haciendo en
el futuro, todos
los esfuerzos necesarios para establecer en la comunidad de creyentes
un
califato islamista, opresivo, dictatorial, que practicaría un proselitismo
violento y agresivo, en primerísimo lugar contra los propios musulmanes
y el
verdadero islam. En el caso de los territorios palestinos, a Hamás
y Yihad
Islámica no les interesa la paz, sólo la desolación
y la violencia que les
procure un número ilimitado de militantes frustrados y/o desesperados;
por
eso cada vez que se produce un atisbo de luz al final del túnel
cometen un
atentado.
Los militantes y terroristas
que se unen a Al Qaeda o cualquier otro
grupo terrorista lo hacen, muchas veces, desde la ignorancia, lo que permite
que sean manipulados con mucha mayor facilidad en un siniestro reparto
de
papeles diseñado por mentes tan eficaces como enfermas de odio
y de rabia.
Los dirigentes islamistas radicales distribuyen a sus soldados entre peones,
carne de cañón, especialistas, reclutadores, adoctrinadores,
manipuladores o
terroristas de elite. En esa sanguinaria red cada uno tiene su función,
cada
uno sabe, o cree saber, lo que tiene que hacer.
España y Europa
tienen que tener presente que en esta lucha
multidimensional contra la lacra de cualquier tipo de terrorismo se debe
actuar contra sus manifestaciones operativas. Pero no podemos ni debemos,
en
ningún caso, perder de vista que el verdadero enemigo, a medio
y largo
plazo, es la salvaje ideología islamista radical que propugna la
destrucción
no sólo de aquéllos a quienes considera enemigos, sino incluso
de todo aquél
que tenga otra forma de pensar. Si con el terrorismo en general no se
puede,
bajo ningún concepto, negociar, con el terrorismo islamista radical
sería,
además, un suicidio para quienes defendemos la democracia y los
derechos y
libertades fundamentales, que deben ser la base y esencia de la única
civilización que debemos reconocer: la Humanidad.Es, justamente,
lo que el
islamismo radical está intentando destruir.
Gustavo de Arístegui es diputado y portavoz del PP en la Comisión
de
Exteriores del Congreso de los Diputados.
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