por
Daniel Goldhagen
Historiador
Artículo de opinión publicado en el periódico español
EL MUNDO el 12 de mayo de 2003, y reproducido aquí literalmente
El antisemitismo está evolucionando. Tras un periodo en el que remitió,
debido a los horrores del Holocausto, el antiguo prejuicio ha vuelto por sus
fueros en los últimos tiempos, propiciado por la deriva del conflicto
árabe-israelí. Tanto es así que ha inaugurado una nueva era, en la que el
punto de mira se ha trasladado del ámbito nacional al internacional. Siempre
versátil y siempre cambiante para adaptarse al idioma de su tiempo, el
antisemitismo se ha globalizado.
El antisemitismo siempre tuvo componentes nacionales e
internacionales.Durante la larga era del antisemitismo cristiano, la
institución transnacional de la Iglesia católica difundía la creencia de que
los hebreos, como asesinos de Cristo, eran una fuerza cósmica entregada al
mal. Pero la componente fundamental del prejuicio antisemita era local y
recaía sobre los hebreos de tal ciudad, región o país, de los que se
presumía que hacían daño a sus vecinos cristianos.
En su segundo periodo, durante los siglos XIX y XX, el antisemitismo adoptó
un aspecto laico y más racista, pretendiendo que una conspiración de judíos
estaba actuando contra la Humanidad. También en esta época, la mayor parte
del ardor antisemita tenía componentes locales -de los alemanes contra los
judíos alemanes, de los franceses contra los judíos franceses- a causa del
presunto daño que éstos infligían a sus propios compatriotas.
El «problema hebreo» -una de las cuestiones políticas más candentes de la
época- era el que tenían más bien los alemanes, franceses o polacos con los
hebreos presentes en sus respectivos países.El antisemitismo globalizado
agrupa una nueva constelación de componentes añadidos a los antiguos.
Variado y complejo, se orienta hacia el ámbito mundial. En la mayor parte de
Europa, y ciertamente en la Europa occidental, el antisemitismo está
prácticamente muerto. Tanto en Alemania, como en Francia o en otros países
de la Europa occidental, sólo algunos elementos marginales están convencidos
de que los hebreos locales ocasionan graves daños -económicos, profesionales
y morales- a sus convecinos no hebreos y que, por lo tanto, es necesario
arbitrar una respuesta radical contra ellos. El punto de mira de la
animosidad antihebrea se ha desplazado preferentemente hacia los hebreos de
otras naciones -de Israel y de Estados Unidos-, los presuntos culpables
materiales y morales de los conflictos internacionales. Para muchos, el
sionismo se ha convertido en una entidad mítica, en un agente de la
destrucción del mundo, mientras el antisemitismo se ha mezclado con el
antiamericanismo, hasta tal punto que políticos nacionalistas rusos pueden
expresar su temor a la dominación americana diciendo que Rusia corre el
peligro de ser «sionizada».
También son nuevos el núcleo del antisemitismo y la dirección en la que se
propaga. En épocas anteriores, la demonización de los hebreos discurría del
centro cristiano primero y europeo después hacia la periferia. Hoy, existen
muchos centros antisemitas y flujos multidireccionales de Europa hacia
Oriente Medio y hacia otros lugares y viceversa.
Europa exportó esencialmente su clásico racismo y antisemitismo a los países
árabes, que lo aplican a Israel y a los hebreos en general, dotándolo de los
aspectos reales e imaginarios del continuo conflicto local. Después, los
países árabes reexportaron la nueva demonización híbrida hacia Europa,
sirviéndose de Naciones Unidas y de otras instituciones internacionales, y
hacia diversos países del mundo. En Alemania, en Francia, en Gran Bretaña y
en otros países, la expresión y la agitación antisemita utilizan hoy los
viejos tópicos, antaño aplicados a los hebreos locales -acusaciones de
provocar desórdenes o de querer dominar a los demás- con nuevos contenidos,
dirigidos contra todos los hebreos de cualquier país o continente.
Nueva es también la iconografía que caracteriza al antisemitismo global. El
Rambo hebreo ha suplantado a Shylock en el imaginario antisemita. El hebreo
intrigante y subrepticiamente corruptor de las primeras dos épocas del
antisemitismo, armado ahora de su nuevo poder político y militar, se ha
convertido en el hebreo que somete, aplasta brutalmente y mata, ya sea
haciendo por sí mismo el trabajo sucio, como en el caso de Israel, ya sea
sirviéndose de otros que lo hacen en su lugar, como suele predicarse de la
Administración Bush o como suele decirse que practica el establishment de la
Costa Este con Estados Unidos en general.
Una imagen emblemática del antisemitismo globalizado apareció en una viñeta
en la que Donald Rumsfeld lleva en la solapa una estrella amarilla con la
palabra «sheriff», seguido de Ariel Sharon que enarbola una gran porra y, a
su lado, un becerro de oro. No es pura coincidencia que esta escenografía
haya sido inventada por una manifestación antiglobalización en Davos. El
antisemitismo global encierra otros importantes aspectos novedosos, incluida
su transmisión instantánea y planetaria, vía Internet y televisión, con
historias llenas de prejuicios y con las imágenes incendiarias de palestinos
que sufren, todo ello mezclado en la «narración» antisemita. Su actual
unificación de elementos procedentes tanto de la derecha como de la
izquierda europea y, por último, el hecho de venir casi escondido bajo el
manto del antisionismo.
Pero quizás lo más peculiar de esta nueva situación sea el desapego del
antisemitismo respecto a sus fuentes originales. Se ha apartado de la
cristiandad, a pesar de que siguen existiendo potentes fuentes cristianas de
antisemitismo. Se ha apartado de sus raíces del siglo XIX, que estaban
vinculadas a la construcción de las naciones, a las reacciones contra la
modernidad y a las nociones pseudocientíficas de raza y de darwinismo
social, si bien toda la demonización de aquella época sigue viva bajo
apariencias nuevas.
El antisemitismo globalizado ha entrado a formar parte de la infraestructura
del prejuicio en el mundo. Cabalga libremente, presente en muchos países,
encarnado en subculturas, disponible en muchas variantes y para cualquiera
que no esté de acuerdo con las influencias internacionales, la globalización
o los Estados Unidos. Es tremendamente internacional y se focaliza sobre
Israel, en el epicentro de la región hoy más atormentada del planeta, y
sobre Estados Unidos, como potencia mundial omnipresente.
El antisemitismo actual se autorrefuerza, con sus fantásticas construcciones
sobre hebreos y sionismo -que aprovechan la crítica leal que podría hacerse
a la política israelí- y con su manera de colocarse fuera de los países y de
la experiencia de la gente.Y está al alcance del «ratón». Tras el Holocausto
y tras el Concilio Vaticano II, parecía que el antisemitismo había
disminuido y que terminaría por morir del todo. Es cierto que ha disminuido
y que, en la mayor parte de los países europeos, incluida Alemania, se ha
desdemonizado la opinión pública respecto a sus connacionales hebreos. Y
también lo es que mucha gente hoy en Europa y en otras partes del mundo
rechaza las nuevas fantasías antisemitas. Sin embargo, el resurgir del
antisemitismo en su nueva forma globalizada significa que el antisemitismo
ha conseguido transformarse y extenderse, incluso a Africa y a Asia. Hasta
ahora, el nuevo antisemitismo globalizado no se ha mostrado tan peligroso
como sus formas anteriores, incluso en Oriente Medio, pero sus aspectos
alarmantes sugieren que encierra dicha potencialidad. Una resolución real
del conflicto árabe-israelí cortaría el oxígeno a este nuevo antisemitismo.
Pero es improbable que se disuelva y desaparezca por completo, dadas sus
profundas raíces en la conciencia cada vez más globalizada del mundo y dada
su comprobada tenacidad y plasticidad.
Daniel Goldhagen es historiador y autor de Los verdugos voluntarios de
Hitler y más recientemente de A moral reckoning, en el que analiza las
relaciones de la Iglesia católica con el régimen de Hitler y el Holocausto
judío.
Traducción: José Luis Vidal para El Mundo.
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