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Áreas de Observación

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SOCIEDAD ESPAÑOLA DE PSICOLOGÍA DE LA VIOLENCIA NNNnnnnnnnnnnnnn
por Andrea Riccardi
Historiador, Fundador de la Comunidad de San Egidio


Artículo de opinión publicado en el periódico español
LA VANGUARDIA el 09 de abril de 2003, y reproducido aquí literalmente

Hemos visto rezar a George W. Bush. Conocemos hasta qué punto la guerra en Iraq es concebida como una misión sagrada para atacar el mal. En la Administración norteamericana no faltan expresiones y actitudes religiosas que proceden de la Biblia. Y sin embargo, en contrapartida, la Casa Blanca ha rechazado los gestos diplomáticos de Juan Pablo II, hechos en nombre de un cristianismo que contempla la guerra con horror. Porque de hecho hoy en día el problema entre Europa y Estados Unidos no es sólo político, sino religioso. ¿Hay dos tipos de cristianismo? Está el norteamericano, el de los renacidos, que lee la Biblia y que cree en la misión sagrada del propio país. Está el católico, tradicional, que se encuentra en sintonía sobre el tema de la paz con las Iglesias ortodoxas y evangélicas de la reforma. Se trata de un cristianismo que ya desconfía del recurso a la fuerza militar. La Iglesia católica ha celebrado con mucho énfasis el 40 aniversario de la encíclica de Juan XXIII 'Pacem in terris', que en 1963 resonó como una invitación a las negociaciones y al diálogo como instrumentos para fundar la paz en una época de guerra fría.

Sobre la paz y la guerra dos concepciones han tomado cuerpo en el mundo cristiano: la cristiana tradicional y la neocristiana, sobre todo la norteamericana. Mientras el cristianismo católico o tradicional es mejor conocido, el neoprotestantismo norteamericano es poco conocido, al menos en Europa. No se trata de las Iglesias tradicionales nacidas de la reforma protestante, sino de nuevos movimientos de despertar religioso nacidos precisamente en Estados Unidos. La idea del despertar religioso fecunda toda la historia norteamericana: es un llamamiento a la conversión personal, a la lectura de la Biblia, al regreso a los valores tradicionales que han hecho grande Estados Unidos. Se trata de un cristianismo poco dogmático y que no se identifica con una comunidad eclesiástica. Un gran predicador como Billy Graham, por ejemplo, no ha fundado nunca una Iglesia propia, pero ha llamado a millones de norteamericanos a un renacimiento a través de la conversión y de la Biblia. Este cristianismo, predicado por Graham, postula el individualismo, la santidad 'self-made', y deja al individuo plena responsabilidad en sus opciones sociales. Pero este cristianismo se desarrolla en un ambiente saturado por la convicción de que unos Estados Unidos libres y cristianos son portadores para el mundo de una misión providencial. Aquí están las raíces de la visión religiosa y mesiánica de la guerra de Iraq.

El neoprotestantismo norteamericano ocupa un puesto importante en la vida de un país como EE.UU. cuyos ciudadanos se identifican en un 85% con una fe religiosa. Pero no hay que olvidar que la Iglesia católica (reforzada por la emigración de los sudamericanos) es, cuantitativamente, la primera comunidad religiosa del país. No obstante, el neoprotestantismo norteamericano penetra en el mundo católico como en América Latina. El continente más católico del mundo ha conocido una difusión rápida e impresionante. La Iglesia denuncia el proselitismo de las 'sectas' neoprotestantes en Sudamérica y lo atribuye a un proyecto expansionista de matriz norteamericana. Por otra parte, la progresión de los protestantes y neoprotestantes es fruto también de las debilidades del catolicismo latinoamericano. En todo caso, se trata de un crecimiento impresionante: en 1935 los protestantes eran menos de dos millones y medio; en 1960, diez millones; hoy se calcula que hay más de 40 millones. ¿También el continente católico por excelencia se ha transformado en un campo de enfrentamiento entre dos tipos de cristianismo?.

En una época en la que se ha hablado tanto de ecumenismo y en la que se han aproximado las Iglesias históricas (divididas durante siglos), llega inesperadamente una nueva contraposición entre dos modelos de cristianismo. Algo parecido sucede en África, no sólo con las Iglesias de tipo africano, sino con las comunidades de importación norteamericana. No se trata del enfrentamiento entre civilizaciones (y religiones) de Huntington, sino de un conflicto que tiene por protagonistas el propio Occidente y su cristianismo. Por un lado está la Iglesia católica, con sus organizaciones en las comunidades, articulada pero centralizada, con su propia doctrina y sus instituciones. Por otro, un haz de movimientos diversificados, capaces de ejercer una fuerte influencia, pero sin una guía única. La Iglesia católica es capaz de medirse con los estados. El movimiento neoprotestante, más fluido, provee una importante reserva electoral, se identifica con valores morales, pero no puede constituir una contraparte en relación con el poder de los estados.

No se trata de la antigua lucha entre católicos y protestantes. La mayor parte de los protestantes históricos, agrupados en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, han tenido la misma posición del Papa respecto a la guerra. La confrontación es con un nuevo cristianismo, que tiene antiguas raíces protestantes, desvinculado en su mayoría de estrictas organizaciones eclesiásticas, pero capaces de permear la sociedad, como hacen los telepredicadores norteamericanos. Y sin embargo esta difusión no se corresponde con el poder de contrastar o influir sobre las políticas de gobierno, excepto en algunos temas como la moralidad pública y privada. Con estos temas podemos registrar algunas convergencias, como es el caso del aborto o de la moralidad familiar; pero resta un contraste de fondo del que apenas empezamos a darnos cuenta, y tal vez eso sea sólo el comienzo. Este contraste no asumirá la forma de las antiguas luchas religiosas, pero es un nuevo conflicto profundo en el corazón de Occidente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 


 

 

 

 

 

 

 



 

 

obidev@sepv.org

 © Sociedad Española de Psicología de la Violencia, 2003