| por Andrés Montero Gómez
artículo de opinión publicado en el periódico
español
EL CORREO, edición 22 julio 2001
De momento,
la generalidad de los denominados grupos antiglobalización no ha
adoptado la violencia entre su instrumental de protesta frente al sistema,
principalmente entendido éste en sus dimensiones económica
y financiera. Bien es cierto que enfrentamientos con fuerzas de seguridad
y diverso tipo de acciones de estragos han presidido internacionalmente
cada una de las jornadas reivindicativas de un movimiento antiglobalización,
paradójicamente, cada vez más globalizado. Sin embargo,
la malla de organizaciones e individuos que integran esta dinámica
de protesta ante localizaciones mundiales que simbolicen escenarios de
poder económico rechazan, en sus declaraciones públicas
y planificaciones de movilización, la violencia como método.
Aún así, primitivamente en las reuniones del Banco Mundial
o el FMI, para incluir luego a los encuentros del G8 y seguir actualmente
con los Consejos de la Unión Europea, la violencia ha sido un componente
esencial tanto en el devenir de cada manifestación como en la imagen
pública que está asociándose al movimiento global
antiglobalización. Y no es extraño, pues la violencia es
una conducta que requiere, para su ejercicio sistemático, de una
carga de componente racionalizador que sirva a modo de estructura ideológica
de justificación: el movimiento antiglobalización tiene
las características perfectas.
En efecto, el
poso ideológico de confrontación contra el sistema económico
[columna vertebral de la sociedad actual] sobre el que se ha construido
el movimiento antiglobalización, por un lado, y su naturaleza de
utopía idealista, por otro, constituyen un caldo de cultivo potencialmente
muy fructífero para la canalización de expresiones violentas.
La oposición a los elementos de globalización económica
y liberalización de los mercados y el capital, instrumentalizados
como causas de los desequilibrios sociales e incluidos así en el
substrato ideológico de los movimientos de protesta, se materializa
en una conducta de acción alejada necesariamente de la búsqueda
de consenso o negociación con la parte enfrentada debido a que
las posiciones de partida son utópicas: transmutar el sistema.
A ese tenor, la conducta de confrontación para la consecución
de expectativas irracionales de baja probabilidad de logro, se traducen
en el movimiento de protesta en la emergencia de un sentido de la identidad
de grupo radicado en la acción por sí misma. La personalidad
de oposición al sistema confiere al colectivo que adopta tal identidad
una dinámica de actividad que se autoalimenta sin encontrar un
factor de ajuste exógeno que module esa actividad, puesto que las
circunstancias externas al grupo siempre serán evaluadas como negativas.
El único referente externo de modulación para la acción
de protesta son los mecanismos de control que el mismo sistema se ve obligado
a implementar para garantizar sus niveles de seguridad, y por ello lo
que actualmente negocia cada autoridad local con los grupos de su próxima
manifestación antiglobalización son los márgenes
legales de la propia protesta.
En este escenario
de identidad de grupo fraguada en la oposición, aunque en principio
pacífica, y en el horizonte indefinido de las expectativas utópicas
e idealizadas, encuentran un anclaje propicio de identificación
aquellos colectivos o individuos que han decidido adoptar una posición
de agresión ante el sistema. Estos núcleos violentos, adheridos
y parásitos del conglomerado antiglobalización, aprovechan
el nutriente ideológico del movimiento para justificar en modo
defensivo la violencia, es decir, atribuyendo al sistema la cualidad de
agresor de minorías y de gestor del desequilibrio social. Paralelamente,
el recurso ideológico antiglobalización sirve para personalizar
el sistema desde su abstracción hacia la concreción de objetivos
específicos, a saber, corporaciones financieras, organizaciones
de comercio mundial y empresas multinacionales. De ese modo, los grupos
que adoptan la violencia como expresión contra un sistema personalizado
en las corporaciones, construyen la imagen de un oponente exógeno
hacia el que dirigir las agresiones, totalmente diferente a ellos en cuanto
elementos identificativos, dotado de cualidades perversas y devaluado
en su morfología humana, pues desdibujan a la persona tras la simbología
del capital. La deshumanización del oponente, el carácter
de movimiento colectivo y anónimo de protesta, y la construcción
de un ideario endógeno compartido por el grupo de acción
y al que se exponen invariable y dogmáticamente sus miembros, son
todos elementos que desactivan los mecanismos de regulación moral
del individuo y catalizan la violencia. Esta violencia así asentada,
que por definición persigue la anulación del otro [la violencia
es una conducta intencional dirigida a congelar la identidad del otro],
describe una progresión auto-reforzante, porque los esquemas mentales
que contribuyen a la cohesión del grupo y edifican su realidad
paralela se robustecen por su aplicación conductual y a su vez
activan la conducta que los alimenta, en un círculo vicioso. Así
las cosas, el pronóstico en este tipo de violencia sistemática
e ideologizada, sustentada en condiciones sociales de desigualdad objetiva
pero racionalizada a través de sesgos para justificar propósitos
de agresión, es siempre negativo.
|
|